En la actualidad el artista se ve inmerso en una lucha por ganarse un lugar, por obtener una buena crítica, ante todo para sobrevivir. Al haber convertido al arte en un commodity financiero, especulando con su valor presente y futuro, se ha infiltrado en este campo un elemento arbitrario que orilla a que el arte se compre por inversión económica en lugar de por su capacidad de proveer placer y satisfacción. Alguien ajeno a este oficio establece lo que es bueno y lo que es malo. El mercado se manipula creando una demanda artificial para sobrevaluar una firma determinada. Así, con la introducción de conceptos que desalientan la libertad creativa del artista, el medio artístico se ha enrarecido, al igual que la confianza del comprador en su propio gusto. La única forma de preservar los valores inherentes al arte será a través del conocimiento. Estudiar la historia del arte, entender sus alcances y su esencia, conocer a los artistas es la única manera de conservar el privilegio de elegir por uno mismo, aunque a veces parezca más cómodo que otros lo hagan por nosotros.

Es por todo esto que ha sido gratificante el encuentro con la pintura de Esmeralda Torres, creadora queretana, para quien la libertad es un elemento fundamental de su trabajo. No busca que su obra pertenezca a la vanguardia, al movimiento contemporáneo o a lenguajes alternativos. Si hay vanguardia en su trabajo es por coincidencia, porque nace de ella. Si involucra lenguajes nuevos es porque le hacen sentido para enriquecer su propuesta. Esto no quita que permanezca atenta a su entorno, en busca siempre de nuevos recursos y de nuevas formas de expresión. Me ha sorprendido la franqueza que se respira en su pintura, y sobre todo la poesía contenida en sus trazos, en su dibujo y esgrafiados, en su forma de crear texturas y de manchar e iluminar la tela con una paleta sutil. Todo ello nos invita a disfrutar la sencillez de la imagen, que logra encerrar en sí misma el poder de cautivarnos. Existen pocos elementos que nos guían, tan solo unas notas de color y formas que como en la buena música eluden a la razón, invitando a la plenitud y a que la emoción se deleite. He disfrutado de su manera particular de modular el tiempo y de su capacidad para recrear y hacernos sentir el espacio. Al recorrerlo con la mirada quedamos cautivos de esta perfecta articulación del espacio que de una manera misteriosa logra hacernos sentir la expansión de la conciencia, recuperando así lo que en realidad nos pertenece. Este arte no puede juzgarse a simple vista, exige ser saboreado sin la voz del pensamiento, sin esa asociación de ideas en automático, para que poco a poco vaya revelándonos un mensaje diferente en cada uno de sus cuadro.

En esta cultura de highspeed y de lo inmediato es necesario motivar a que la imagen hable por sí sola desde el primer instante, produciendo una interacción que continúe y se mantenga. Ese poder de continuidad pensaríamos que está ligado a lo complejo, a lo abigarrado, y la obra de esta artista desmiente esta premisa comprobando lo contrario. Sus elementos sutiles y austeros y sus colores tenues nos invitan una y otra vez a descifrarlos; pasa el tiempo y nos siguen cautivando con su serenidad y su presencia. Es que detrás de ellos existe un ánimo, un interés que los sostiene, una voz que le da aliento. Su obra está formada de su deseo de traducir las revelaciones que la vida va haciéndole de sus misterios. Por eso es que nos hace sentido y nos hermana. Su pureza tiene el poder de rescatar en nosotros esa verdad de la que también somos parte.

“Considero la pintura como búsqueda, pasión, libertad, riesgo; una forma incierta de vivir. Pero también como trabajo, disciplina, compromiso y comunicación. La pintura me acerca a la naturaleza, a la vida, a errores, a frustraciones, al amor, a la infancia, al aprendizaje. Me lleva a la permanente necesidad de observar, conocer, aceptar y sobre todo me ayuda a reconocerme. Es la descripción de experiencias acumuladas, al desplazamiento de una emoción. Es existir, es idealismo, también resistir. Es, en pocas palabras, un recorrido, un ensayo y un acercamiento de lo que soy y también de aquello que me gustaría cambiar”.

Esmeralda nació en Querétaro en 1978. Su familia vivía en las afueras de la ciudad y entre los recuerdos más gratos de su infancia comenta que el contacto con la naturaleza tiene un lugar especial. Pensó que su camino era la música; aprendió a tocar el piano. Su hermana mayor tenía un particular aprecio por las bellas artes y siempre estaba compartiendo estos temas con sus hermanos. Traía a su casa partituras y libros de pintura que Esmeralda ojeaba con gran aprecio dejándose ir con las imágenes recreando mundos nuevos. Al paso del tiempo eligió titularse en Artes Visuales en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Autónoma de Querétaro. Su último año fue determinante, pues comenta ella fue en el que tuvo mayor oportunidad de ejercer el oficio y probar el reto de hacer un camino propio, de encontrarse a sí misma como pintora, como artista, de trabajar en colectivos, de buscar participar en concursos y bienales, de rasgar telones y puertas falsas y de encontrar una hermandad con otros colegas y amigos en el medio. Pero el arte es en realidad una tarea individual, una labor íntima. Reconoce a su maestro, ahora su compañero, Jordi Boldó, como quien la empujó a dejar de ser estudiante para tomar la rienda y el compromiso consigo misma e iniciar un camino en el que nunca se deja de andar.

La corriente con la que más se identifica es con la pintura abstracta, la expresión más pura de forma y color. En su caso es como un bordado fino con el que hilvana sentimientos y entonaciones en el espacio. Canto, luz y color se hacen cómplices para traducirla a ella en todo cuanto quiere compartir: su asombro, su felicidad, sus dudas, sus interpretaciones, su entender de los que la rodean y su gozo libre de poder decirse de esta manera tan suya y tan de todos.

En su trabajo se atreve a todo; va en pos de algo, de un sueño, de un recuerdo o de un universo nuevo, o de aquello que le salga al encuentro. Se permite lo inesperado y el accidente que produce el trazo libre o el coloreado, que sabiendo adónde desea llegar le favorece. En sus búsquedas rompe sus propias reglas, sus rutinas y sus métodos para vivir siempre con las ventanas abiertas invitando a que circule el viento nuevo. Lleva a sorprenderse de ella misma; de la magia de la expresión que permite que al entrelazar tres líneas aparezca una flor, y que sea un espejo que logre reflejar algo de ella misma.

La línea en su forma más concisa delimita siluetas, y con la fineza del lápiz, de un pincel grueso o delgado, o de la punta que penetra en esgrafiado arma una sinfonía. Sus tonos acuarelados perfuman sus ideas, sus recuerdos de la infancia y todo lo que observa. Disfruta regresar la mirada a lo que ya ha sido visto, ahondando en las cosas, descubriendo bajo nuevos ángulos diferentes aspectos. Así, la ciudad de su infancia y la estación de tren se han transformado, no sólo por el paso del tiempo, sino porque sus ojos y su conciencia las han cambiado. Este proceso de mirar y de recuperar es permanente en ella. Para ella es necesario mirar la vida. Si no se la mira, si no se enfoca, nunca aparece frente a ti aquello que te interesa, y entonces nunca se encuentra ese preciso momento del que se nutre el espíritu y el arte. Ese instante puede pasar sin ser advertido llevándose consigo lo que tiene que decir. Su mirada atenta e interesada, siempre abierta a un diálogo con el momento, con la vida y consigo misma, permite que su pintura nunca se repita, que nunca se copie a sí misma. Por ello no puedo decir que su obra se resuelva en la introspección sino en la reflexión, en un intercambio de ida y vuelta. Su mundo se devela por su asombro y por su alegría, y porque da rienda suelta a su pincel.

Sin duda este gratificante encuentro me ha hecho pensar en que una pintura así inspira, hace a un lado nubarrones, pero también acicala la conciencia al hacernos compartir una visión moderna, sensible y fresca.