Obra plástica de Esmeralda Torres
¿Cuántas veces nos detenemos a posar nuestra mirada sobre un objeto en el ajetreado mundo
contemporáneo? Quizás tendríamos que preguntarnos hoy en día si el arte como lo entendemos –una
construcción simbólica para producir conocimiento– todavía puede tener la fuerza de cambiar, aunque
sea por un corto lapso de tiempo.
Entre los diferentes surcos por los que ara el arte, se encuentra la obra de Esmeralda Torres, quien
nos conmina a pensar e inventar otras maneras de mundo con miradas contemplativas y pausadas a la
naturaleza, sus formas y sus imágenes. La artista posa sus ojos de manera analítica y sin prejuicios
sobre aquello que le atrae o atraviesa su estado de ánimo. Esmeralda crea conjuntos de formas que
pueden desembocar en las más fascinantes y diversas estructuras. Las formas de investigación,
imaginación y producción de sus obras parten del encuentro fortuito con diversos y sorprendentes
aspectos de la naturaleza. Las flores, las plantas, la tierra, sus colores, sus matices y texturas;
el fluir del agua, su sonido, el ambiente que genera; las piedras, los animales y los irrepetibles
trayectos que suelen establecer. En ellas nos ofrece la interpretación materializada, objetivada en
sus lienzos, cuadernos, papeles, tintas naturales, colores, texturas, del sutil encuentro que se
permite entre su cuerpo y el entorno con el que interactúa y desea comprender y construir a su
manera. Su trabajo plástico no es una intelectualización de lo visto y vivido, es una expansión de la
imaginación intuitiva a partir de un lento, preciso y amoroso posicionamiento compartido de una
posibilidad de interpretar aquello de lo que formamos parte, de lo que somos y que en ocasiones
negamos desde nuestra necedad intelectual de soñar que todo lo podemos comprender.
Esmeralda hace uso del collage lo que parece tener conexiones conceptuales y formales con el trabajo
de Matisse de sus últimos años. Una singular característica en muchas obras es el recortar formas en
diversos materiales para colorearlas e incorporarlas en sus composiciones a veces superponiéndolas y
transparentando los colores, los materiales y las texturas. Esta forma de trabajo crea una
superposición de elementos que, a fin de cuentas, nos llevan a un bosque, en el cual la aglomeración
de la propia naturaleza nos remite a un frontispicio. Una fachada que detiene la vista pero que
invita a imaginar lo que posiblemente existe más allá.
Edgardo Ganado Kim
Ciudad de México, septiembre 2025.